Así nació uno de los grupos de resistencia a la minería en Cajamarca

 

Mediante una consulta popular, el municipio rechazó, en marzo de 2017, cualquier actividad minera.


Los campesinos cajamarcunos son protagonistas de los acontecimientos que rodean el proyecto de minería de oro de La Colosa. Hacen parte de la fuerza de rechazo a proyectos mineros, que se llevó el 97 por ciento de los votos en la Consulta Popular del 25 de marzo.

Esta población no solo fue pieza clave en la Consulta. Ha sido también uno de los líderes más importantes en la resistencia que este municipio ha hecho por más de diez años al proyecto de megaminería de la sudafricana AngloGold Ashanti.

Resistir hace parte de su faena diaria, que contempla desde muy temprano el trabajo en sus cultivos de arracacha, zanahoria, ahuyama y café, muy propios del paisaje de corregimientos como el de Anaime.

“Nosotros no entendíamos nada de esto que ahora pasa porque nunca en la historia del municipio se había hablado de minería. El hecho de ser agricultor, de ser tan sensible con la naturaleza, estar tan arraigado con el territorio, tan querendón de la tierra es lo que hace que la gente diga ‘No’; vamos a defendernos y queremos aprender a defendernos”, cuenta Yolanda Rojas, campesina de la región.

Yolanda es una mujer tolimense que se sabe “al derecho y al revés” –como ella afirma–la historia de Cajamarca. Habla de su municipio como una meseta anclada en cuatro columnas de oro, de los indios pijaos defendiendo la riqueza y de la colonización antioqueña en su búsqueda de oro. Pero también hace referencia a cuentos de Cortázar y a uno de sus libros favoritos ‘Pa’ que se acabe la vaina’ de William Ospina, en el que el autor, a través de una perspectiva histórica, analiza y hace una crítica a la situación actual del conflicto y crisis que padece el país.

Así como Yolanda, son 15 las personas que pertenecen a la Asociación de Productores Agroecológicos de la Cuenca del Río Anaime (Apacra). Con este proyecto buscan brindar calidad de vida para las familias de la zona y también para los consumidores.

“Pensamos en que Apacra es una propuesta alternativa que tiene fuertes tintes de resistencia ante las multinacionales que han llegado hace unos 10 o 11 años a nuestro municipio a vendernos la idea de que desarrollo es todo lo contrario a lo que nosotros sabemos hacer: agricultura”, afirma Cielo Báez, representante legal de Apacra.

Agroecología: un camino hacia la resistencia

 El municipio de Cajamarca, como sucede con muchos otros de vocación agrícola, se ve enfrentado, a comienzo de este siglo, al auge de casas comerciales encargadas de promocionar y vender insumos agrícolas, agrotóxicos y fertilizantes, con la promesa de mejoramiento de los suelos y las cosechas. “Eso hizo que el agricultor empezara a depender de ese mercado externo”, manifiesta Yolanda.

Por esta misma época, hace presencia en el municipio la ONG Semillas de Agua, adelantando un trabajo de conservación del páramo y descontaminación de la cuenca del río Anaime.

“Semillas de Agua manifiesta la importancia de enlazar los procesos productivos al sistema de conservación, porque no se sacaba nada conservando el agua donde nace y todos nosotros contaminando con los agrotóxicos; por eso nace la propuesta de agricultura limpia”, recuerda Yolanda.

Es así como cerca de 50 personas empiezan la escuela de campo de agroecología, proceso de formación que duró tres años. En ella, los campesinos estudiaban temas alrededor de la agricultura como el suelo, la conservación, el agua, la flora y la fauna.

Ya con la inquietud sembrada en este grupo de campesinos se impulsa un proceso de aplicación de lo aprendido en sus propias fincas. La idea que tuvieron los campesinos cajamarcunos en ese momento fue no envenenar los alimentos que cultivaban.

De esa manera, 15 de los 50 campesinos que tomaron el curso que dictó Semillas de Agua decidieron asociarse y emprender lo que ahora es para la mayoría de ellos su proyecto de vida.

Su capital inicial fue de $ 700.000 y cuando Yolanda recuerda ese momento, se queda callada, sonríe y dice: “Esto no genera mucha plata, porque ser productor agroecológico no es para hacer plata, es para ser feliz, pero eso usted no lo refleja en la economía del país”.

Así se da comienzo al proceso que Apacra ha liderado en la región, especialmente en la vereda El Águila. Su mayor obsesión es empoderar a los campesinos, mujeres, niños y jóvenes con el proceso de agroecología, con la cual pretenden beneficiar a consumidores locales y departamentales.

Además de cultivar sus propios alimentos sin usar agrotóxicos que afectan la salud y los suelos, decidieron experimentar en nuevos desarrollos con esos alimentos y crear productos innovadores en la región, y que lleven ese sello 100 % cajamarcuno. Entre ellos, están el yogur de ahuyama, de café y de arracacha; las galletas de chachafruto o la torta de cidra. Todo lo trabajan con los estándares de calidad necesarios y en una planta de la asociación en donde los elaboran.

“Si frenamos La Colosa, frenamos cualquier cosa”

 “Trascendemos de la marcha, del gritar, de los medios, del internet, de todas estas cosas que generalmente son las que hacemos los ´ambientalistas´, como nos llaman, a las propuestas de extractivismo. Se trasciende en una alternativa de producción. El verdadero buen vivir está en empoderar a la gente, en comunicar que hay cosas que pueden ser muy rentables, no dañar el medioambiente y, por el contrario, contribuir a la salud”, afirma Cielo Báez.

Cuando en el 2002 llegó la AngloGold Ashanti al territorio, lo primero que les preguntaron fue qué necesitaban. La respuesta de ellos fue tajante: “No necesitamos nada”.

“Eso para ellos fue traumático porque no están acostumbrados a que la gente les diga que no. Eso hace que nosotros nos empecemos a empoderar y que en otras veredas empiecen a decir: ‘llamemos a los del Águila, que son parados y esos nos defienden’”, recuerda Yolanda.

Fue así como este grupo de campesinos se vinculó, en el 2011, con el proceso que había iniciado el Comité Ambiental, que integra el trabajo colectivo de diferentes organizaciones y grupos de campesinos, estudiantes, indígenas, entre otros para defender el agua, la vida y el territorio.

En este proceso, una de las grandes enseñanzas que ha tenido Apacra es resistir, pero sobre todo insistir: “Hay que ser muy terco, porque a usted en casi todo lado le dicen que no. Si me toca ir a hablar con el Presidente, voy y lo hago y le digo quién soy yo para que entienda que el campo tiene que cambiar. Porque el discurso de ‘pobrecito el campesino que está en crisis’, es solo eso: un discurso. Pero el campesino no debe creer esos cuentos, usted tiene que entender que somos poderosos porque somos capaces de producir alimentos y comer no va a pasar de moda. Por eso, si paramos La Colosa, paramos cualquier cosa”, concluye Yolanda.

 

JULIANA MATEUS TÉLLEZ*

Publicado originalmente en ELTIEMPO.COM

 

 

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